Old fashioned collections. Vol. I [Septiembre de 2010]

¿Por qué me siento tan solo, tan desahuciado? ¿Por qué las personas en las que creo terminan por darme un revés maleducado e ingenuo?

Guardo profundos rencores en la superficie de mi corazón. Y, sin embargo, me mantengo cauto y templado; evitando que la bestia brote de entre las cicatrices de mi piel, el dolor y la angustia.

Mis pensamientos me convierten en un ser despreciable. A pesar de ello, mis acciones hablan de otro carácter, otro tono, una sustancia diferente. La eterna lucha entre la espada y el escudo, la fuerza y la destreza, mi ego intolerante y el altruista.

He llegado al punto de no saber quién soy. Estoy al borde de la esquizofrenia, del colapso. No es nuevo para mí, lo sé. Quizá esté simplemente cansado de tener los nudillos rotos, los labios secos, los graves latidos de la mente que sabe que nunca no encontrará descanso.

No sé qué es lo que deseo. No logro comprender a las personas, sus modos de actuar, los sentidos que dan a sus sonrisas y sus desprecios. No los entiendo y no entiendo tampoco qué es lo que esperan. Aunque, claro, lo que más me pierde y me entristece es no saber qué debo esperar de ellos. Egoísta o generoso, soberbio o humilde… siempre encuentro la misma respuesta. No importa la manera en que actúe, no importa lo que haga. La soledad revestirá mi vida de una u otra forma. Es lo que he visto, lo que he vivido, lo que temo que seguirá pasando.

¿Y si me evado y no pienso? La distracción, bendita magia de los idiotas, no es materia en la que sea apto. Jamás dejé de pensar, y eso me ha costado demasiado. ¿Son las cavilaciones producto del insomnio? ¿O el insomnio producto de ellas? Sea como sea, no puedo dormir. Entonces, pienso. Me difumino en la habitación, pierdo la noción del tiempo, me concentro organizando cosas que no ocurrirán. Y estoy solo. A fin de cuentas, siempre estoy solo.

De vez en cuando, un par de oídos se prestan a darme atención. Sin embargo, la respuesta no cambia. ¿De qué sirve observar si no se actúa? ¿Es tal el egocentrismo y el desinterés que nadie piensa extender una mano firme a quien yace en el polvo? ¿Cómo? ¿Por qué? Si no he sido un mal amigo… Ellos son, ellos lo fueron. ¿Lo seguirán siendo? ¿Puedo cambiarlo? ¿Tengo las fuerzas para hacerlo?

No puedo tomar las riendas. Mis manos están agotadas, mi pecho sufre, mis ojos tiemblan. No consigo hallar el rumbo correcto (para mí), el camino que me conduzca hacia una tierra que no me dañe… Una tierra con personas que no lo hagan, que no lastimen al extraño, que no lo hundan, que lo respeten.

Tal vez nunca encuentre ese rumbo. Quizás merezca el sadismo imbécil y vacío de los hombres. Pero así sólo conseguirán hacer que me enfurezca más cada vez. Les daré verdaderos motivos para dejarme solo, los hundiré en la humillación y el desconcierto. Y, entonces, solamente yo podré devolverles la calma. ¿Lo haré?


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