Old fashioned collections. The remixes

Parte I

Ondulante y lacio un mar cualquiera.
Olas que se doblan y se repliegan
hasta acabar calmas y lisas
después del sermón del viento del sur.

Aguas negras y lascivas
para la mirada del firmamento amante
que luce su capa
de la más fina seda.

Vestidos sólo con un aire con perfume a espinas.
El cielo llora emocionado
y derrama sobre el océano el brillo
de las cien estrellas que recorren
apacibles
su infinita mejilla.

Ruge un trueno sin relámpago
el mar se acongoja y vuelca su rostro a la costa,
pretende hacerse tierra
para alcanzar su anhelo
en la más elevada cumbre.

Un círculo rojo se va describiendo
en la oscuridad de las inmensas aguas.
Poco a poco se delinean sus formas
y se adivina una flor.

Un sollozo de exhausto temporal
despierta y abre los ojos de ella
que mira a través de la nada
aquel sitio del cosmos
donde se quedó su sueño.

Ondulante y lacia su cabellera de sombras
descansa sobre su espalda y sus hombros.
Indiferente ante su angustia
juega el viento con sus mechones
y los hace bailar
al son de un réquiem
que alguien toca sin poder cantar.

Una rosa se figura y se estanca
en ese maravilloso y triste pelo.
Uno a uno sus pétalos se precipitan
cuan lágrimas plomizas
de un alma en pena
que despacio agoniza.

Parte II

Un amanecer y otro,
tus pupilas en mis ojos,
el sol en tu rostro
y la verdad en nuestro amor.

La luna se hizo nueva 
y volcó su simiente 
del otro lado del mar. 
El sol quiso amanecer 
teñido de rojo 
y de la noche consumió 
la agonía de nuestra mortalidad. 

Desde el océano te llevó 
una garra de desprecio 
y maquiavélico frenesí. 
Un remolino de angustia 
y esa maligna magia 
que te apartó de mí. 

Un anochecer y otro,
ni con la luz lunar puedo hallarte,
el sol no logra calentarme,
la infamia de la creación soy incapaz de negar.

Transcurre, tiempo, transcurre,
dilúyete en la solución
de estas lágrimas que por mi desierto fluyen.
Tráeme a la niña que amé,
has del pasado un presente eterno,
borra el futuro y extirpa de mis venas la hiel. 

En un rincón de mi habitación, 
una luciérnaga danzarina. 
Un susurro de otra época, 
el recuerdo de una voz… 
Veo de nuevo tus ojos, 
consigo oír otra vez tu corazón. 

Por ti caeré, 
por ti reemplazaré mi sangre 
con el agua del lago que nos vio nacer, 
por ti cambiaré mi vida por el más efímero sueño.

Será el instante fugaz en el que nos amemos
el cuchillo que me dará vida 
mientras se clava exquisito en mi vientre
tan dulce como helado placer.

Aquí estaré cuando la primavera nos abrace 
y florezca nuestra unión. 
Aquí estaré cuando el rojo telón del sol nos anuncie 
que ya se ha acabado el tiempo 
para celebrar nuestro amor.

Por ti cantaré hasta el infinito,
por ti clamaré a todo el universo.
Por ti obligaré al cosmos
a que retorne el tiempo 
para engañar a la realidad
y transportarnos 
bajo la noche que nos vio
en la última velada de otoño
amarnos por primera vez. 

La última lágrima de la estación 
se ahoga en las aguas 
de un oscuro lago. 
Una magnolia cae a los pies 
de un epitafio demencial 
que se va dibujando a fuego 
con palabras que dicen y cantan. 

Por ti caeré,
por ti reemplazaré mi sangre 
con el  agua del lago que nos vio nacer, 
por ti cambiaré mi vida por el más efímero sueño.

Será el instante fugaz en el que nos amemos
el cuchillo que me dará vida 
mientras se clava exquisito en mi vientre
tan dulce como helado placer.

Parte III

Mi amor de cien amaneceres y mil y una noches. 
Virgen concebida en el más largo eclipse 
que vertiste sobre este siervo tuyo 
el néctar bendito 
del ánfora de tu cuerpo, 
mi vid. 

En la nieve parecías un ángel, 
en mi habitación eras una diosa. 
Puedo aún oler el perfume 
de esa cálida palidez que tantas veces mecí, 
ahogando mis suspiros en los tuyos 
y tu vientre en los besos 
que me enseñaste a dar. 

Princesa del primer cuento que escribí 
tesoro bordado en mi alma 
con hilos de refinado oro 
cofre donde se ocultan todas las maravillas. 

Jamás se cansaron mis labios 
de leer tu cuerpo. 
Cada palabra era nueva: 
mutaba, cambiaba, 
se contorsionaba y se volvía pluma 
de las únicas alas que me liberan 
y me hacen volar. 

Separados, ¿por quién? 
¿Adónde te has ido? 
¿De qué daga fue la punta 
que se apoyó en tu cuello 
para alejarte de mí? 

La noche estalla demente 
con todas sus estrellas 
jamás tan reverberantes. 

Altivas las voces de los astros 
claman graves y estrepitosas 
haciéndose eco con el cantar gimiente 
del adolorido escritor. 

Su desnudez es una guía, 
el blanco exacto donde la divinidad rosada 
ha de dar con su flecha de fuego 
para crear de su ser 
un faro monumental. 

Despierta en una barca 
cuyo remero a las aguas 
se arrojó aturdido. 
Las velas son hinchadas 
por un viento de denso rubor 
que responde ansioso 
a un llamamiento estelar. 

Sus cabellos se confunden con la niebla 
que domina sobre sus sentidos. 
Está perdida. 
Sus manos sobre el timón asustadas 
no atinan a dirigir la embarcación. 
Su visión no logra aclararse. 

La sinfonía nocturna se paraliza. 
El brillo de los candeleros celestiales 
detiene su furor expectante 
ante un ruego inapelable. 

La bruja plateada ha abierto la puerta 
de su morada redonda. 
Y desde su orbe santo 
desafía al destino 
y enaltece el fuego del poeta 
que eleva su alma en una centella desbordante. 

Ella al fin puede ver
y recita en trance: 
Oye, escucha mi voz, 
amado amante mío. 
A la diosa he despertado 
para glorificar la flama 
que fulmina el desconcierto 
y acaba con la desolación, 
la llama de tu nombre, 
el latido de tu voz. 

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