Te quiero de vuelta, rea intrusa. Deseo otra vez conmigo tus besos metálicos y la frialdad de tu toque.

Eres la única que me hace sangrar y no me lastima. La que desteje mi piel y se hunde en lo que queda.

Un pañuelo que no seca. Un color oscuro que se hace sólido en tu regazo plateado. Lo que se derramó, lo que quedó de mí, la forma de expulsar la angustia.

Lo gemidos se contienen. Las lágrimas rara vez aparecen.

No, soy yo. Tú eres perfecta: filosa, delgada, muda y ciega.

No te amo, pero te agradezco. Me alejo, aunque no te odio. Escribo, a pesar de que no sirve de nada, muy a pesar de que sólo me sirve a mí. Digo “sólo”, pero “sólo” es mucho ya.

Soy miedoso, pero sabes calmarme. Me cuesta comenzar, sin embargo, sabes llevarme. Hasta que mis dedos se acostumbran, se templan, se animan. Y después… las manchas rojas, los surcos rojos, los rubíes desdibujados.

El hormigueo en el pecho, algo de sopor y hambre de melodías. No es goce, no es éxtasis ni alegría. Es aquello que produces, que yo genero, que juntos hacemos mientras los otros duermen o se mantienen despiertos sin recordarnos (sin recordarme).

Sin recordarme.

Más tarde encuentro en mis manos la misma marca que dejas por donde sea que pasas. Esas siluetas indefinidas, esos excesos de irreverencia y mal andar.

Diluyo entonces sus tonos con mi saliva. Pruebo el hierro, siento el material de tu ser. Bebo mi propio ritmo, trato de digerir mis tristezas, siento en mi lengua la amargura de lo que es solamente mío.

Y ahí te quedas, sobre una toalla insípida en un extremo de las sábanas. Ni me miras (porque no ves), ni me hablas (porque no puedes), ni me escuchas (aunque yo lo crea), ni me alientas (aunque crea que lo necesito).

Porque no ves
Porque no puedes
Aunque yo lo crea
Aunque crea que lo necesito.

Dejo de jugar (ya no quiero), dejo de esperar (pues es en vano), ya no te agradezco (nada ha quedado), ya no deseo (estoy demasiado cansado).

Ya no quiero
Pues es en vano
Nada ha quedado
Estoy demasiado cansado.

Dice el profeta sin tierra: “Bienaventurados los que no intentan comprender, porque ellos no serán nunca presa de la confusión”.

El rey sin corona, el señor de las palabras. La profecía autocumplida y la rúbrica del athame.

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