Mismos ingredientes, distintos resultados (como cuando seguís la recetita del libro y te sale una bazofia repugnante)

Buenos Aires fue siempre la ciudad de mi anhelo. A pesar de ello, no tuve la oportunidad de continuar allí mis estudios. Ahora bien, los ingredientes que algunos proponen para la creación de una ciudad… no están tan lejos de Olavarría. ¿Será que mi pueblo natal es tan parecido a mi añorada “city porteña”? Es algo, sin duda, digno de revisar… Veamos…

Tenemos esos autos y esas pick ups que van a toda velocidad por el asfalto de las avenidas de nuestro monótono y cuadriculado trazado urbano. Sus conductores se divierten pasando por alto los semáforos en rojo y esquivando a las viejitas, y a los peatones en general, que cruzan mal (y también a los que lo hacen bien). Aquello cuando están en movimiento. Ni hablar cuando se detienen y tapan las bajadas o las salidas de los garajes. ¿Para qué hablar de cuando estacionan en los cordones pintados de amarillo (léase, reservados o prohibidos)?

La planta permanente de rodados se completa con una flota de motos que imita el comportamiento de los automóviles, aunque con mayor temeridad. Sobre todo, podemos apreciar este comportamiento en los valientes “motomandados” que exprimen los escasos caballos de sus ciclomotores para llegar a tiempo a pagar el ABL y la variada gama de facturas de todos los clientes que han solicitado su servicio.

Por supuesto, no nos podemos olvidar, si de vehículos se trata, de colectivos y taxis (casi extintos, pero existentes al fin). Los primeros no hacen gala de un gran estado de conservación, pero continúan realizando el recorrido de años con el mismo sonido de cacharro viejo (que casi me daría gustito, salvo porque me paso por las bolas lo tradicional; sobre todo cuando es de mierda). Los segundos aguardan hambrientos ante las puertas de la terminal, esperando a aquellos viajantes demasiado cansados para caminar unas cuadras o a los confiados foráneos para cobrarles tres veces más de lo que podría calcularse como un “precio justo”.

Ahora bien, son las remiserías las que han colmado el tema del transporte. Inundan la ciudad, aunque nunca se tiene el número de una cuando se lo necesita. Y, de tenerlo a mano, siempre será (justo) el de la más cara. Lo peor son aquellas cuyos automóviles poseen ese penetrante tufo que, no sólo genera una sensación general de malestar, sino que puede llegar incluso a producir una reacción alérgica a los organismos más sensibles. Por supuesto, en la mayoría de los casos, tales vehículos vienen acompañados de un conductor a su medida, con un chivo que mata o un continuo flagelar de silenciados eructos con el inconfundible aroma a la “milanga” que merendaron.

¿Qué decir de la terminal de ómnibus? Y cabe decir: la única terminal de ómnibus. Es conocida por los “grafitis” que recubren la totalidad de las paredes y el techo de su baño, así como por su insalubridad. Nada diferente a Retiro o Liniers; sólo que aquí no tenemos a un señor gordo que nos cobra por enchufar la máquina de afeitar, por el jabón o el papel higiénico (que, está demás decir, aquí “brillan por su ausencia”). La estación de trenes no es muy distinta (está al lado de la de ómnibus) y aeroparque, una pista prácticamente inutilizada y muy lejana a la ciudad, es un tema que sería realmente deprimente tratar.

Sin embargo, Olavarría no es solamente su sistema de transporte. Afirmar lo contrario sería (más que ilógico) pesimista e inoportuno. De manera que nos vemos en el imperioso deber de continuar con esta interesante disertación…

¿Qué hay acerca de los medios de comunicación? La verdad es que no mucho… Radios hay varias, con diferentes propuestas y distinto público; AM y FM, claro está. El diario (el único diario) y el canal (el único canal) constituyen las dos “patas” de lo más cercano a un “holding de medios” que podría existir en Olavarría.

Sin duda, el centro de la ciudad representa el paisaje más interesante y, quizá podríamos decir también, más representativo de la “capital del cemento”. Aquí podemos encontrar todos los ingredientes de una zona céntrica como dios manda: veredas llenas de baches y policías recién saliditos de la escuela; kioscos; escuelas (sí, las de perfil más alto, obviamente); carteles luminosos (aunque no tanto); pajaritos, gatitos y perros (y su respectiva caca); los representantes más ilustres de las bandas de rock de un “under” cada vez más denso (aunque no por eso más digno); restaurantes; los dos correos; un par de galerías; nubes arriba y un poco de humedad. Hay que mencionar aquí el museo y los centros culturales (que no están necesariamente en el centro, pero que amerita aquí nombrarlos). Nos gustaría incluir en la lista al cine; pero eso resultaría imposible, puesto que el único (otra vez) se fue a un hipermercado muy lejos del centro.

Hace un tiempo corrían los rumores de que se construiría un shopping. Sin embargo, las entrañas del emblemático edificio, donde alguna vez funcionó el “Banco Olavarría”, fueron invadidas por las prendas de “Soho” y un simpático escuadrón de empleados (vestidos todos igualitos) listos para recomendarte las ropas más caras (pero más a la moda, of course). Sin duda, un valuarte para los piojos-resucitados y demás bichos que gustan de lucir LA marca.

Continuando, la imagen del centro se completa con varias bibliotecas, librerías (la gran parte de nuevos, muy pocas con algún que otro usado prometedor) y las flamantes y cada vez más numerosas iglesias evangélicas (léase con entusiasmo). Por supuesto, el fenómeno de estas instituciones no es algo privativo del centro, sino que se da en cada confín de la ciudad (tesis plausible de ser sometida a prueba).

Asimismo, es evidente que una localidad no se define sólo por su centro. El resto es sumamente importante y denota gran cantidad de particularidades. Hay algunos edificios (cada vez más) y numerosos barrios. Contamos con zonas caras y también villas… Por supuesto que no faltan fruterías, mercerías, carpinterías y demás lugares donde abastecerse de lo esencial para vivir.

Tenemos también nosocomios, loqueros, cementerios, albergues y toda clase de hoteles; instituciones imprescindibles, a decir verdad. Los lugares de esparcimiento también están presentes: un zoológico, famoso por sus llamas y sus cóndores (¡sí, llamas y cóndores!); bailantas; discos de mayor talante; canchas y clubes; y algún sauna perdido en las comodidades de un hotel en el que nunca nos alojaremos. No hemos sido agraciados con un hipódromo. En cambio, en su defecto, los vecinos de la ciudad se deleitan con el ya no tan nuevo bingo, sus ruletas virtuales y sus tragaperras-quitatodo. Como esto no es un reclamo sindical, no mencionaré a su grupo de muy poco selectos empleados, mal pagos y defraudados ante las incumplidas promesas de sus atareados contratantes (y de la falta de ganas de su gremio por conseguir mejor salario y condiciones de trabajo). En fin, como en todos lados.

A todo esto hemos de sumarle el memorable Tapalqué, arroyo para algunos, río para otros (sobre todo para los folletos “turísticos”). No podemos olvidarnos de la incompleta red cloacal, el whisky en invierno a los pies de San Martín (monumento ecuestre si los hay en Olavarría), y la flota mal equipada de los valerosos bomberos voluntarios. Todas características elementales de la ciudad; como los travestis, las prostitutas, los boys y los free-boys (término que acabo de inventar para los que se dejan por nada a cambio más que el simple hecho de que se los hagan; ¿se entiende?); los afiches de los anticuados cantantes que pasan por el teatro; alguna leyenda urbana de un asesino serial que vivió hace mucho y ahora esta cumpliendo condena en la aledaña Sierra Chica (pero volverá); y ni hablar de los comiquísimos anuncios que sacan las agencias de detectives los miércoles y los domingos en los clasificados. Claro, sí, es imposible no nombrar a los represores que aún forman parte de la administración pública; comandada por un mismo apellido (aunque con una ideología itinerante) desde hace años… porque la sucesión del poder aquí es casi hereditaria (padre intendente, hijo intendente).

A todo lo anterior, le sumamos los malhumorados porteros, un par de calcomanías rockers, muchos chorros y unas cuantas casas más… y…

Y… bueno… tenemos Olavarría… Ahora… ¿Es tan distinta o tan similar a Buenos Aires? La verdad es que es muy diferente, cuantitativa y cualitativamente distinta, por más que los ingredientes que hemos nombrado sean los mismos.

Si no conocés Olavarría o lo hacés y no te das cuenta por qué digo que es tan distinta a Buenos Aires, tendrás que leerme otro día. Ahora me voy a dormir (porque en esta puta ciudad los miércoles no abre nada o, los corajudos, cierran antes de las dos).

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