Sus pupilas estaban dilatadísimas. Eran dos hoyos de un color único, extraño, algo brillante, un poco hipnótico, quizá confuso. Una mezcla nada usual del tono más oscuro y el verde menos altruísta. Una tintura exótica en una mirada que podría extraviarse en la normalidad.

Y me miraban fijo. Y no sabía qué buscaban, ni sabía qué buscaba yo en ellas. Ni en ellas ni en la noche misma. Un laberinto de calles con mil salidas. Una búsqueda sin objeto (y, por tanto, un ser que no es; la nada, la inexistencia). ¿Yo o mi pensamiento?

¿Qué tiniebla barroca condena mi entendimiento? ¿Por qué es posible ver el todo y no verme en él? ¿Acaso el vacío ocupa algún lugar?

Es la genialidad un tesoro tan codiciado... por desconocido, por inalcanzable, por estar tan lejos y ser demasiado irrelevante a la masa simbiótica de dirigidos y dirigentes.

Un parpadeo, una lágrima, una grieta de sangre, la piel rosada tan tibia y fría.

Un relato sin trama. Un relato que no cuenta.

Una espiral tridimensional que condensa el llanto en la falta. Un remolino púrpura de fuego ahogado. Una perspectiva desde la que no consigo encontrarme en la fotografía dinámica de la realidad.

Quizá esa mirada... es la única prueba que estuve vivo.

¿Y ahora? ¿Dónde quedaron esos ojos? ¿Cómo sé que aún existo?

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