Humano, demasiado Humano...

Releyendo mi primer entrada, no pude evitar que mi atención fuese atraida por una frase: "De todos los talentos que recorren el mundo en busca de un genio digno, a mí se me ha dado uno tan versátil como brillante y solitario: el arte de la palabra."
Ahora bien, si reflexiono acerca de esta frase... ¿qué es lo que puedo encontrar llamativo? Además de representar una suave nota a los oídos, existe debajo de ella un concepto que puede resultar problemático, por el cual se me podría malinterpretar: la palabra.
No podría pensar la "palabra" como algo solitario (este es el nodo de la cuestión). Lo que es solitario aquí es el "proceso creativo"; el cual echa raíces en la vida (en toda la vida, en la vida entera) del artista. El proceso creativo es lo que lo distingue, lo que le da una marca particular; es el comienzo del goce estético más personal, más íntimo: aquel que se genera en el momento de la creación, de la construcción de belleza.
Me atrevo a afirmar, como antes, que (al menos en general) el proceso creativo es solitario. No, en cambio, la palabra. Esta es un diminuto eslabón de la interminable cadena que es el lenguaje. Una definición común de "lenguaje" diría que éste constituye un "conjunto de signos con significado". Los idiomas, por supuesto, son los ejemplos más acabados de lenguajes, los más complejos y los únicos capaces de explicar los símbolos que lo componen a través de sus propios símbolos.
Tal es así que el lenguaje o, mejor, la lengua es el producto cultural por excelencia. En tanto esto, es colectivo, contingente, está condicionado por las situaciones sociohistóricas que le subyacen y actúa, a la vez, como condicionante de los productos culturales en construcción y por construir.
Por muy traída de los pelos que parezca esta reflexión, es, en realidad, una entrada a la visión de "sujeto colectivo" que me propongo. De ninguna manera intentaré explicar esto ahora. Sin embargo, consideré importante dejar sentado, al menos, una mera cabilación acerca de uno de los ejemplos más evidentes de este sujeto colectivo: el lenguaje.
Por supuesto, me podría haber puesto a hablar del arte y cuán colectivo es. Pero... ¿qué sé yo del arte? No hay un solo hombre en el mundo capaz de hablar acerca del arte con autoridad o legitimidad cierta. Soy un artista y respeto mis raíces. Aún si las ciencias de la sociedad intentaran entrometerse en las cuestiones del arte, no podría evitar mirarlas de reojo, con desconfianza y un tanto de descrédito.
No sólo me debato entre el político y el científico, sino entre éstos y el artista. Soy humano y por ello soy político. Soy racional y, en tanto, no puedo evitar sentir una atracción irrefrenable al conocer científico (aún cuando podría encontrar aquí la más inmensa paradoja). Sin embargo, ante todo, soy un artista, pues de allí nacen las fuerzas que nutren mi esencia y mi genio.
Me pregunto si soy la regla o la excepción.
¿Existe quizá salida entre aquella espada y ese muro?

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