Mañana... extraña???

La mañana despertó tan llena de sol como de orín mi vejiga.
Tenía en el horizonte de mi jornada una meta ineludible: comprar medicamentos para mis padres.
Dicho así podría parecer que mi misión era trabajar para conseguir el dinero, o robar, o mendigar, o prostituirme (que, en última instancia, es trabajar). Sin embargo, no. Contaba en mi mano con el poder del perpetuo Roca (Julio Argentino), del siempre estimado violáceo (a no confundirse), del queridísimo papelito púrpura con la firma del agraciado director del Banco Central de la República Argentina (¡qué madre más orgullosa! ¡Dios!). De manera que la encomienda del día era sencillamente ir a la farmacia. Con mi mochila al hombro salí entonces por las calles a esquivar miseria, gerontes y fealdad en busca de la tan ansiada panacea (para nada universal). El sol quemaba la piel (el muy hijo de puta) y la brisa a penas si refrescaba un poco (flor de yegua). El sudor bañaba mi frente y ya comenzaba a sentir húmeda mi camisa (todo pegote). El tránsito no mostraba síntomas de mejoría alguna. En algún punto era comparable al rostro de los oficiales de policía, los cuales no mostraban ningún indicio de mejoras salariales.
Llegué, pues, a la farmacia y me encontré con esas cosas largas, desagradables, de ojos extraños, llenas de caras que dan esa sensación de rareza tan grande; esas cosas tan indeseables, irritables, inservibles, desquiciantes. Sí, están pensando bien: las colas. Y no me refiero a ninguna clase de cola que podría llegar a proporcionar placer sexual a través de algún tipo de coito. Me refiero a las colas, a la muchedumbre de gente distribuida en desbaratadas hileras donde uno nunca sabe quién está primero o cuál es su lugar.
Sí, en efecto, las colas son todo un tema. Pero, sin lugar a dudas, el nodo central en la cuestión de estas filas lo representan los vecinos de la cola. Esto es, las "personas" que están a un lado y a otro de nuestro lugar.
Siempre que estemos en una fila (y, sobre todo, si la cosa pinta para largo) es recomendable estar muy atento a nuestros vecinos. La razón de esta medida es muy sencilla: la distancia entre ellos y nosotros puede resultar realmente un suplicio. Sin duda, no falta en el haber de cada uno una situación que avale ampliamente esta recomendación. Seguramente todos nos hemos encontrado alguna vez con los más representativos "vecinos de cola". Uno de ellos, por ejemplo, es el "motomandados" (también llamado "mensajero"). Este tahur de las diligencias se presenta con su casco al codo y un sobre o portafolios dentro del cuál siempre vaticinamos una extensa lista de pedidos. El alivio es inmenso cuando el mensajero está a nuestras espaldas... pero... ¡ay si nos lo encontramos delante! Terminamos depotricando contra él y los cinco jubilados rengos que lo mandaron a comprar el remedio para la presión, las gotas de los ojos y la insulina para la diabetes. Claro que el caso del motomandados no es el único que podemos nombrar. Existen otros, miles en realidad. Uno de ellos es el caso de la "señora de mirada punzante". Sí, claro, es esa viejita que te mira casi con odio, con esa rabia fundada en diferencias generasionales insalvables y un acervo de palabras que marcan como ningún otro indicador que el lenguaje cambia irremediablemente con el tiempo. Otro vecino de mirada fatal es el que clava los ojos ahí, en medio de ese punto fijo, de ese mundo etéreo ante los sentidos de todos, pero tan visible para él. Este personaje es el que mira allí, al horizonte. No es siempre un horizonte en lo alto, puede estar en el suelo, en el techo, en la góndola o en la caja registradora. También puede caer sobre uno mismo y es en ese momento cuando la situación incomoda. También tenemos al "vecino vecino". Es decir, al vecino de cola que, además, es un vecino del barrio. Tendremos suerte si no nos da charla. De lo contrario, nos veremos obligados a responder algunas de las preguntas más trilladas que pueden hacerse: "¿cómo estás?" (con el único fin que contestes: "bien" o "todo bien" o "todo tranquilo" o un seco "tirando" con mueca de dolor); "¿tus padres bien?" (para que respondamos "bien, trabajando", cuando pensamos por dentro "brillando en el mismo puto lugar donde estaban hace cinco minutos"); o el célebre "¿cómo van tus estudios?" o "¿el trabajo?" (y ahí tiramos un "bien, tirando, estudiando para unos escritos" o "lidiando con el patrón, como siempre, pero todo bien...").
En fin, que podemos encontrarnos multitud de personalidades diferentes y para nada gratas. De seguro usted podrá seguir la lista con ejemplos mucho mejores de los que yo he dado aquí. Sin embargo, daré otro, producto de la experiencia de esta mañana. Son los personajes infaltables en una cola que se digne a llamarse tal: "la madre con sus tres hijos".
La situación me irritó bastante y me dejó en más de un momento con la boca abierta (de asombro, claro). En principio, me sorprendieron las dos niñas. Una era relativamente tranquila. Se encontraba sentada junto a la madre con una cara de serio aburrimiento. Lo más gracioso, además de su pose muy poco decorosa, era su "conjuntito" "verde loro": remerita estampada, vincha, short y zapatillas de este verde tan irrisorio (sí, un verde puede ser irrisorio). Su hermana lucía, en cambio, un brillante amarillo. Esta niña, al contrario que la otra, iba de un extremo al otro de la farmacia, desde donde estaba su madre hasta donde se veían los números de la cola; ida y vuelta, una y otra vez, una vez y otra más, ¡anunciando a su progenitora el puto numerito! Por supuesto, la madre sólo contestaba con un insulso "está bien". Amén de todo esto, lo que más llamaba la atención de la muchachita era una cola de zorro colarada que caía de su cintura. Eso sumado a los exagerados movimientos de pasarela que realizaba daban como resultado una estampa ciertamente gracioso y muy, muy bizarra. El niño es lo que suele llamarse como un "caso aparte". Era más chico que sus hermanas. Recuerdo que tenía el cabello rubio y llevaba un conjunto de capri y remerita azules. De a ratos era poseído por el espíritu indomable de la rayuela (no, no la obra de Cortázar, la rayuela de la plaza... esa rayuela... esa...). Saltaba de baldoza en baldoza, con un pie y con el otro, hasta llegar con ambos a un doble cuadrado. Su vista se mantenía poderosamente anclada al suelo. Esto es, no veía qué carajos estaba a su alrededor, si molestaba o no, si alguien le ponía cara de pocos amigos o si simplemente le mostraba un dedito acusador. No, el pendejito se movía sin culpa alguna. Y sí, lo tuve que esquivar, lo esquivé varias veces para evitar que su cabeza me diera un golpe. A todo eso, el nene le agregaba una pose muy graciosa: sus piernas abiertas (dando muestras de muy poca elasticidad) y su culo hacia arriba, apuntando a la maquinita para retirar los números. Sin embargo, eso no era lo más cómico. La cúspide de su acto de "clown" culminaba con una sesión de saltos sobre la balanza. Se, saltaba sobre la balanza como un hijo de puta. Y la madre, claro, se limitaba a decir: "para, por favor, te van a retar". ¡No, señora! ¡No! No lo "van" a retar, ¡"usted" lo tiene que retar! ¡Porque es "su" hijo! ¡Porque usted lo parió, carajo!
Ejem... Bueno... La cuestión es que me harté y me fui. Encontré a los pocos minutos una farmacia con una cola bastante reducida y una estructura lo suficientemente amplia como para poder esperar realizar mi compra sin sufrir los pormenores de los vecino de cola. Esto es, una solución ideal (después de lo relatado, claro).
Así que ya sabe: no compre usted sus medicamentos, mande al motomandados; quien no sólo le resuelve todo, sino que también le da el placer de saber que contribuyó a fastidiar a alguien de la bendita cola.

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