Apología del Suicidio

(Transcribo a continuación un cuento de mi completa autoría: "Apología del Suicidio", una de mis creaciones más recientes).
Hace ya bastante tiempo, he emprendido la tarea de construir lo que se me ha dado por llamar una “apología del suicidio”. Sin embargo, esta empresa me ha resultado complicada y a menudo me he perdido en cavilaciones que, o bien no tienen nada que ver con mi propósito inicial, o bien se constituyen a sí mismas como divagaciones espirales que no llegan sino a un centro mareado y sin sentido.

Esta cuestión de la “apología del suicidio” surge como respuesta a una serie de inesperados y tormentosos hechos que han salpicado mi vida en los últimos años. He de confesar que escribir “vida” me produce una severa sensación de amargura, no en mi lengua, sino en medio de mi pecho. Relatar aquí las tortuosas relaciones y pormenores familiares (que son la génesis de este increíble malestar que no logro superar) sería lanzar al aire toda una serie de tóxicos reproches y una ira tan triste como desahuciada, los cuales podrían ser confundidos con facilidad con la descarga emocional de un adolescente precoz. Muy alejado de esta figura (léase, el “adolescente precoz”) creo estar. Y no lo aclaro por una cuestión de desestima ni de desprecio hacia aquel personaje que en la mayoría de la gente hecha entreveradas raíces en algún momento de su vida. Sencillamente, esa “personalidad” es distinta a aquel ímpetu que me anima a escribir estas líneas y, por tanto, dota de otro significado y un móvil sucintamente diferente a mi tan ansiada “apología del suicidio”.

Vuelvo a arremeter, pues, contra los muros de una parálisis mental que hace muchos meses ya no me permite redactar un texto completo y coherente, lo cual es más complejo de lo que parece y más excepcional de lo que podrían llegar a imaginarse los lectores en general. Esta vez, sin embargo, más que de mi propia voluntad, me sirvo de las ideas que he “sustraído” al afamado y aún no lo suficientemente reconocido Edgar Allan Poe.

En medio del epicentro de otro serio conflicto familiar, he encontrado refugio en una compilación de cuentos del mencionado autor. Entre ellos he hallado la pieza que me propongo construir aquí como la piedra angular de mi relato y el argumento, irrefutable y lógico, que dará por fin vida a mi “apología del suicidio”.

La obra en cuestión ha sido llamada “El demonio de la perversidad” y aborda, por medio de un deducción impecablemente elaborada, la demostración (irrefutable, como ya he dicho) de la existencia de la perversidad como móvil de la acción humana. Edgar es muy claro respecto a la acepción en que utiliza esta palabra. “De acuerdo al significado que he elegido, es de hecho un móvil sin motivo, un motivo no motivado.” De este modo, se echa por tierra cualquier bondad frenológica que pretenda discutir al gran maestro (y, por transmisión, a mí o a mi relato).

El hecho a observar aquí es la presencia de este “demonio de la perversidad” y de qué manera nos impulsa a actuar de maneras que podrían llegar a tildarse de altamente irracionales. Sería difícil (al menos para mí y, menos, para mí en este estado) dar cuenta de ejemplos tan adecuados y precisos como los que Edgar ya ha dado. No resultaría inútil, a pesar de ello, dejar sentado que podrían entrar en esa malévola lista las penosas circunstancias que (quizá, y sin ninguna clase de reaseguro) hayan obrado en una suerte de sincronización que acabó por ponerme en la posición donde ahora me encuentro… (Léase: con un revólver sobre el escritorio).

El quid aquí, y seguro de que ya he empezado a divagar nuevamente como en mis anteriores intentos de escritura, es la “apología del suicidio”. Comencemos entonces por preguntarnos, ¿por qué emprender una defensa del acto suicida?

La llave para responder esta incógnita está en la ya referida perversidad y en lo que llamo como el “espíritu de la vida”; es decir, su móvil, su génesis, su prima mobilia, si se me permite continuar tomando fuerzas del señor Poe. Estos dos elementos son reducibles a uno sólo. Esto es, son exactamente la misma cosa.

Ante una primera lectura de semejante sentencia, es posible que la misma suene un tanto absurda. Sin embargo, mis palabras no son el producto de un estado de desequilibrio ni de una inusitada oscuridad; sino de una lucidez que se ha despertado junto a ellos en estos momentos de deterioro emocional.

Así, pues, al borde de un nuevo colapso de coherencia, he de disponerme a exponer mi razonamiento.

Como bien explica Edgar, los impulsos de la perversidad “nos hacen actuar sin un objetivo comprensible”. Ahora bien, señala claramente nuestro autor que, si tomamos dichos impulsos en términos de contradicciones, tenemos entonces que decir que los mismos nos hacen actuar “por la simple razón de que no deberíamos hacerlo”. No es autodefensa (punto muy importante en mi relato), como Poe refutó a las posibles contestaciones de los frenólogos; debido a que no se trata de perseguir o abogar por el propio bienestar. La perversidad no surge de esto, sino de la existencia de “un sentimiento fuertemente antagónico”.

Estos mismos impulsos de la perversidad son reducibles (es decir, iguales) al espíritu de la vida. La razón de ésta es, sin lugar a dudas, la más irracional y la más poderosa de todas las razones. Basta con reflexionar acerca de las grandes incógnitas de la humanidad, los temas que han alimentado a los movimientos artísticos desde que el hombre pudo elaborar algún esbozo de arte: la vida misma, la muerte y el amor. De éste último no nos ocuparemos, pues ya bastante se han encargado la multitud de poetas, dramaturgos y novelistas que dicen adorarlo, defenestrarlo o serle sencillamente indiferente. Respecto de la vida, ¿qué más podemos decir? Aceptar que aquello que motiva la existencia de un ser es el imbatible e incontrolable ímpetu de la perversidad, es reconocer la más grande de las verdades. No por esto, señores, hemos de estar felices. Descubrir de pronto que la vida sencillamente no tiene motivos o, peor aún, que aquel motivo no hace otra cosa que impulsarnos constantemente hacia aquello que no “deberíamos” hacer no es algo agradable. Sin embargo, a estas alturas, negar todo esto resultaría de una necedad considerable.

No hemos de olvidar, luego de tal recorrido, la cuestión de la muerte; pues desde este punto es que el relato comienza a cerrar su círculo de circunloquios en defensa del suicidio.

No caeremos en el cliché de oponer la muerte a la vida y deducir de ello toda una serie de consecuencias derivada del reflejo de lo que hemos dicho hasta ahora. En cambio, circunscribiremos nuestro objeto todavía más: no hablaremos, pues, de la muerte; sino de la posibilidad de morir.

Un buen médico podría detallar todos los mecanismos por los cuales nos mantenemos con vida. Una escucha atenta y reflexiva podrá dar cuenta de la compleja superposición de procesos que permiten mantener la vida y cuán frágil es ella. Después de todo, el sinnúmero de posibles muertes a las que está expuesta una persona (más aún en los “tiempos que corren”) han alimentado a los relatos de suspenso, crímenes y muertes. Por supuesto, un sujeto no se encuentra en constante riesgo de ser asesinado de manera insólita muchas veces en su vida. Sí, en cambio, tiene muchas “posibilidades de morir”. He aquí la esencia de la cuestión.

Hoy día, si se le pidiese a una persona que anotara diez formas diferentes en las que podría morir, ésta lo haría sin muchos más inconvenientes. Del mismo modo, si le pidiésemos que imaginara diez maneras distintas de suicidarse, podría hacerlo con una gran facilidad. ¿Qué nos lleva a pensar esto? Simplemente, nos permite “ver” cuántas posibilidades tenemos de morir, ya sea “naturalmente”, por acción u omisión de otra u otras personas, o por propia decisión.

Y, entonces, si tenemos tantas posibilidades de suicidarnos, ¿por qué no lo hacemos? ¿Es acaso una actitud de autodefensa? Evidentemente, esta pregunta se cae por su propio peso. Un adolescente africano con sida y desnutrición, con un padre muerto en la guerra y una madre con la piel más pegada a los huesos que él y otro hermano en su vientre no rechaza la idea del suicidio por una cuestión de autodefensa.

¿Podría tratarse de una cuestión de “temor”? Que la mente humana teme a lo desconocido es algo que no seríamos capaces de negar lógicamente. Sin embargo, que aquel temor constituya la base del rechazo a la idea del suicidio, sí constituye una cuestión que negaremos. De ser así, ahorcarse o volarse los sesos sería un tema de valentía o de temeridad, un acto de impensado arrojo; cuando, en realidad, me atrevo a decir que aquellos que han alcanzado el suicidio con éxito (digo bien, con éxito) le temen a la vida más que a la muerte. Interesante y satíricamente gracioso sería escuchar los comentarios de aquellos profesionales que, para liberar a las personas de sus fobias, las exponen a sus propios temores.

La pregunta queda todavía sin un eco cierto que actúe como respuesta. Es que, luego de todo el desarrollo que ha sobrevenido, la única conclusión digna a la que podemos arribar ya está clara.

De la misma manera que es la perversidad aquello que impulsa la vida; es también, en cierta forma, aquello que no permite que nos suicidemos. Hemos dicho ya que el “demonio de la perversidad” nos hace actuar del modo en que no deberíamos hacerlo. Estoy diciendo, sencillamente, que lo que “deberíamos hacer” es suicidarnos. Esto es, quitarnos la vida, adentrarnos en la muerte, borrar todo rastro de existencia de esta realidad en la que nos encontramos. Sin embargo, y gracias al “demonio de la perversidad” (no me canso de escribirlo, pues Edgar no pudo darle un mejor nombre), apartamos nuestras manos de aquello que nos daría el alivio final, de aquello que nos liberaría del naufragio y la desazón. Lo más racional que podríamos hacer es neutralizado por la razón de la vida, anulado por el perverso ímpetu que empuja a ésta y a los tantos comportamientos que destrozan nuestra cordura, nuestra tranquilidad y la momentánea alegría que algunos pueden alcanzar de a ratos.

En medio de tantas cavilaciones y seguro de que he logrado romper con las cadenas que me mantenían preso en la caverna, me pregunto qué sucederá luego del punto final de estas páginas.

Sentenció casi profético el filósofo que, aquellos que lograran alcanzar la luz, tendrían por suerte de misión retornar a la caverna para liberar a los que allí aún permanecían en sombras.

Sin embargo, me temo que, después de resolver una compleja ecuación, quedan abiertas muchas otras todavía más complicadas.

¿Sería posible que el propio demonio de la perversidad actúe para que alcance al fin la muerte y no llegue a manos de los hombres esta irrefutable apología, que lo desnuda y lo atraviesa? ¿Acaso será posible que mi accionar sea presa nuevamente del ímpetu perverso y prefiera morir antes que llevar luz a mis camaradas? Aquello que antes pretendía hacer que aparte mi mano del revólver, quizá ahora conspire para que lo tome y, justamente, actúe como no debo hacerlo. Pues, de morir, mi al fin lograda apología quedaría en manos del olvido; así como la naturaleza perversa del perverso demonio de la perversidad.

Y, si quisiera llegar más lejos aún en mis incógnitas, podría preguntarme… ¿hasta qué profundidad se entierran las garras de la perversidad en nuestros corazones? ¿Es posible que, después de sentenciar el fin de este relato, prefiera todavía aliviar mi angustia en vez de auxiliar a aquellos que no se deciden? ¿Puede ser que el demonio de la perversidad haya calado tan hondo que hasta mi razón más íntima ha sido víctima de su sarcasmo y sus sádicas paradojas?

Temo… Pero, de la misma forma que temía salir a la luz y aún así lo hice, debo terminar este relato y enfrentarme de una vez por todas a la decisión.

Yo, que he vivido de las metáforas, ¿moriré acaso de una forma tan poco poética?

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